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Entendiendo el fenómeno de la corrupción

“Corrupción” es una palabra que los mexicanos hemos escuchado y visto hasta en la sopa. La señalamos como la base de todos nuestros problemas como sociedad y cada seis años los candidatos a la presidencia nos prometen que llegará a su final, aunque sólo queda en eso: en una promesa que se esfuma.

Pero ¿qué es la corrupción? ¿Todos somos corruptos? ¿Cuánto nos cuesta que esté inmersa en cada rincón? Vayamos paso a paso.

¿Qué es la corrupción?

Según la RAE, en las organizaciones, especialmente en las públicas, [es una] práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

El investigador y experto en crimen organizado, lavado de dinero y corrupción, Petrus C. Van Duyne, afirma que la corrupción es una improbidad o deterioro en el proceso de toma de decisiones en el que un tomador de decisiones se desvía o exige desviación del criterio que debe regir su toma de decisiones a cambio de una recompensa o por la promesa o expectativa de una recompensa. Si bien estos motivos influyen en su toma de decisiones no pueden ser parte (legítima) de la justificación de la decisión”.

Por otra parte el gobierno –sí, el gobierno– define a la corrupción como el abuso del poder para beneficio propio –ha de ser por experiencia– y lo clasifican en tres tipos: gran escala, menor y política.

A gran escala consiste en aquellos actos cometidos en los niveles más altos del gobierno que involucran la distorsión de políticas o de funciones centrales del Estado que permiten beneficiarse a expensas del bien común.

Actos menores son los abusos cotidianos de poder de funcionarios públicos de bajo y mediano rango al interactuar con ciudadanos comunes y corrientes, quienes intentan acceder a bienes y servicios básicos en hospitales, escuelas y otros organismos.

Corrupción política es la manipulación de políticas, instituciones y normas de procedimiento en la asignación de recursos por parte de quienes toman las decisiones políticas y que abusan de su posición para conservar el poder, su estatus y patrimonio.

Con estas definiciones, entendemos a la corrupción como el abuso de poder para obtener beneficio propio; algo a lo que desgraciadamente estamos tan acostumbrados en México.

Desde luego que es un fenómeno que ocurre en prácticamente todos los ámbitos y en todo el mundo, pero en nuestro país es un mal que cargamos día con día.

Tan sólo en los últimos 13 años nuestro país ha caído 71 lugares en la lista de corrupción a nivel mundial, siendo el país 135 de 180 (siendo el 180 el más corrupto).

A pesar de que no existe una cifra exacta del costo de la corrupción, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estima que nos cuesta 7 mil millones de pesos, mientras que el Fondo Monetario Internacional señala que podría ser el 2% del Producto Interno Bruto (PIB) e incluso expertos han mencionado que podrían ser hasta 900 mil millones de pesos.

Como lo mencionamos antes, en México lastimosamente estamos acostumbrados a la corrupción; a veces ni siquiera es porque queramos ser parte de ella sino porque se nos obliga a serlo.

La Encuesta Nacional de Calidad Regulatoria e Impacto Gubernamental en Empresas 2016 señaló que el 64.6% de los establecimientos (o negocios) consideraron que se ven orillados a participar en actos de corrupción para evitar o agilizar trámites; otros motivos son: participar en licitaciones, ganar contratos con gobierno, evitar el cumplimiento de la ley, obtener algún servicio, evitar inspecciones, pagar menos impuestos, evitar la clausura, obtener permisos y evitar multas o sanciones.

Otra encuesta realizada por Transparencia Internacional en 20 países de América Latina, indica que en México 1 de cada 2 personas han pagado un soborno; es decir, la mitad de la población.

En donde suceden con mayor frecuencia los actos de corrupción, es cuando existe contacto con las autoridades de seguridad pública; las famosas mordidas para que te dejen ir.

De hecho la policía es la institución que es percibida como la más corrupta, por encima de los políticos, jueces, empleados públicos y líderes religiosos.

Parecería sencillo terminar el problema a través de la denuncia de estos actos; sin embargo, el problema es precisamente ese: denunciar.

En América Latina solamente una de cada 10 personas realiza una denuncia, pero cuatro de cada 10 que denuncian, son víctimas de represalias, lo cual provoca que haya todavía menos denuncias contra la corrupción.

¿Qué hacer entonces?

Queda claro que más del 70% de los mexicanos estamos dispuestos a impulsar medidas que acaben con esta práctica que tanto daño nos causa.

Es cuestión de que cada uno tome la iniciativa desde casa para posteriormente organizarnos y ser el contrapeso de las instituciones y gobierno para que nos garanticen un sistema limpio que nos ayuden a solucionar los problemas sociales.

Y tú, ¿qué haces para combatir la corrupción?

Por: Daniel Jacobo

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