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¿A quién afecta y a quién beneficia cambiemos a una dieta vegetariana o vegana?

Cuando cambiamos hasta el más pequeño detalle de nuestros hábitos el impacto que se genera es enorme, sobre todo si se replica entre tus conocidos; es algo así como el efecto mariposa o dominó.

Con nuestros hábitos alimenticios sucede igual, ya que si dejamos de consumir ciertos productos, el efecto, aunque quizá sea mínimo en principio, podría crecer a gran escala en beneficio de algunos y, también, en perjuicio de algunos otros.

Por ejemplo, en nuestro país la industria cárnica se encuentra fortalecida a pesar de que el consumo por parte de la población ha venido decreciendo debido principalmente a los altos precios en los que se encuentran la carne.

A pesar de esto las exportaciones agropecuarias de México superan los 32 mil millones de dólares.

Es decir, que poco o nada ha afectado al mercado el hecho de que poco a poco dejemos de consumir carne; lo peor es que ni siquiera es porque no queremos sino porque no nos alcanza.

Pero bajo este esquema supongamos que dejamos el consumo –no sólo de la carne sino de productos que provienen de los animales– definitivamente.

Sería un duro golpe para una de las principales industrias en el país: la de los alimentos.

Esta industria ha posicionado a nuestro país como un actor clave en el mundo, puesto que en 2016 contábamos con 120 millones de consumidores y la economía presentaba un ligero crecimiento gracias a ello.

Las industrias pertenecientes al conglomerado de alimentos que se verían afectadas serían la avícola, la ganadera y la pesquera.

La producción avícola en nuestro país ha venido en aumento en los últimos años, rondando cerca de los 3.1 millones de toneladas anuales. De igual manera, el consumo de la carne de pollo ha aumentado.

Por otra parte, México es el cuarto país productor de huevo en el mundo, así como el principal consumidor del mismo con 23.3 kg per cápita en promedio.

Los altos insumos para la alimentación del ganado ha sido una de las razones por la que –de acuerdo con analistas– los precios de la carne se han elevado. Aunque esto disminuye los números en cuanto al consumo de carne bovina, la realidad es que la exportación de carne está respaldando mucho al mercado.

En 2015 se estaban exportando ya más de 161 mil toneladas métricas, en comparación con las 28 mil toneladas métricas que se exportaban en 2009.

En el tema pesquero México ocupa el lugar número 16 en cuanto a la producción de pescado a nivel mundial, con 1.7 millones de toneladas y cerca de 2 millones de personas que viven de manera directa o indirecta de ella.

En un panorama general la industria de alimentos en nuestro país genera cerca de 5.5 millones de empleos, por lo que, en caso de que se diera un cambio drástico en la dieta de los mexicanos, habría muchas personas que podrían perder sus empleos que dependen directamente de que nos alimentemos de productos de origen animal.

Entonces, ¿a quién podría beneficiar este cambio en nuestra alimentación?

En primera instancia las personas a quienes siempre recurrimos en nuestro imaginario es a los pequeños productores, a quienes podríamos comprarles sus productos sin la necesidad de un intermediario que incremente los precios de los alimentos a la espera de obtener sus ingresos.

De acuerdo con el sitio subsidiosalcampo.org.mx, 1 de cada 7 alimentos proviene de los pequeños productores, el 40% de la producción de granos básicos son aportados por ellos y generan 6 de cada 10 en el campo.

A pesar de que los pequeños productores suelen trabajar con las grandes compañías, estos no les responden siempre de la mejor manera en cuanto a los pagos por su trabajo y producción, además de que algunos viven en condiciones precarias y carecen de acceso a servicios básicos.

Por ello, el gobierno ha reforzado iniciativas para apoyar al campo; el problema es que estas ayudas lleguen realmente a quienes las necesitan para salir adelante y no a los bolsillos de cualquier funcionario.

Finalmente, los beneficiarios más inmediatos seríamos nosotros mismos, no por el hecho de cambiar drásticamente nuestros hábitos, sino por adaptar nuestras necesidades –como lo es la alimentación– al contexto y situación por la que atraviesa nuestro planeta, en donde estamos llegando al límite de disponibilidad de nuestros recursos y estamos siendo orillados a consumir productos que nada más no son nutritivos ni aportan nada a nuestro organismo.

¿Tú qué opinas? ¿Vale la pena hacer un pequeño cambio en la manera en la que nos alimentamos?

 

Por: Daniel Jacobo

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